Mostrando entradas con la etiqueta cuento corto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento corto. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de enero de 2013

Suicidio Colectivo

Tomado de (http://pinterest.com/pin/185773553350763807/

- Si me persigue una vez más, juro que acabo con esta existencia.
- Es lo mejor para todos.
- Si, así debe ser.
- Trata de no derramar tanta sangre.
- Vale, será silencioso como te gusta.
- Entonces parto. Fue un gusto conocerte.


viernes, 16 de diciembre de 2011

Las Flores


Aquella mañana llegaron frescas, abrazadas, envueltas en un paquete precioso. Seguían cerradas, no conocían la luz del sol. La princesa, que ansiaba tenerlas cerca; las colocó en aquel hermoso florero persa. 

Lentamente se abrían, frondosas, maravilladas por el alba y la crisálida de los días. Unas gotas de sol y unos cuantos rayos de lluvia adornaban su follaje, tan dulce y delicado. 

Y la sonrisa de la princesa alumbraba con luz y larga vida tan hermosa creación. Ellas, cálidas y vanidosas crecían, derrochaban esplendor.

Más un día la oscuridad llegaría al reino… La princesa sollozante y triste, remordía los días y las horas en lágrimas hecho mares. Lo sigiloso de los segundos empeoraba con el color de las nubes, que se hacían grises… más grises. 

Pero Ellas, percatadas y leales, deshojaron sus pétalos... Y sus pistilos cayeron al vacío. Sus vidas, que se hacían efímeras con el paso de los segundos, se desplomaban abatidas, desprendiendo su existencia al tropiezo de las lágrimas.

Esa misma noche el sirviente le diría:
- Princesa. Su calvario es un suplicio. Su angustia ha creado tanto desconsuelo, que hasta las flores ha hecho perecer.

La princesa, pausada, y con ojos de esperanza respondió:
- Ellas no deshojan de la tristeza… Ellas enardecen de lo fecundas…

martes, 6 de diciembre de 2011

Fantasma??

Fantasma? Ah??


Una sombra blanca se aproxima detrás de mi hombro,
- Miro, me asusto, grito, alucino, HORRORRR!!
Ohhh, Horror!!!!!!!!
- Suspiro, sudor, Ohhhhhhhhhh, vacío... Muero lentamente...


Abro los ojos, donde estoy?
- La tierra de los asustados!- Argumenta una voz melancólica.
- De los que?...Ah?


Me inventé un atrapa-fantasmas.
Tiene forma alargada y red de abejas.


(Horas más tarde)
- No atrapé ningún fantasma, Snif...
- La clave es traspasarlos- Me güiña el ojo y se aleja flotando...


Ah???
Traspasarlos¡¡
Sospeché que regresé de la tierra de los asustados.
Miro, y el fantasma sigue allí!!!


Ohhhhhhhhhhhhhhhhhhh!! Horror!!!


- Un momento! Quise empujar el fantasma con todas mis fuerzas! - Los fantasmas son incorpóreos!! (Pensé)


Muy bien, me llevé un hombre por delante,
su piel era muy oscura y portaba camisa blanca...

viernes, 2 de diciembre de 2011

Ofelia y Polonio


Se abre el telón, - Aplausos! Aplausos!
La multitud se pone en pie.
Los artistas enmascarados se paran frente al público.
La multitud enloquece, todos gritan, algunos lloran... todos se estremecen.

La ovación era esplendorosa, y los actores habían hecho su mejor número. Ofelia muerta, ahogada en el rio, sonreía con ternura, sus labios morados y el frio impiadoso no bastaron para sonreir reluciente… Mientras tanto, miraba enternecida a quien hacía de Polonio…

No resistieron, se besaron con tanta fuerza que la percepción del tiempo pasó frente a sus rostros impávidos, sórdidos del embriague a los besos del otro. Ofelia, como no solo hacía llamarse, lo arrastró detrás del telón. Lo llevó al camerino y allí lo acuñó contra el diván. Quitó sus vestimentas, sobreros, pelucas y zapatos. Los velos cayeron, y las imaginaciones se deslizaron.

Mientras tanto, Ofelia, enternecida con tanta dicha, saboreaba sus mejillas tan dulces, tan cálidas… Acariciaba sus cabellos que eran tan largos como los de ella, y su mentón lambido rozaba con sus hombros, suaves y coquetos.

No quitó un centímetro de su rostro y de su cuerpo. Se ataría a Polonio a la eternidad. Robaría su nombre en una estrella. Lo guardaría como a un tesoro. Por eso, en la oscuridad y la penumbra, donde nadie conoce el ruido y la existencia, se abrazó a él para nunca dejarlo ir. Se aferró con tanta fuerza que mientras dormía le asfixiaba…

A la mañana siguiente, solo quedaría su cadáver inmóvil, interte y frío…

lunes, 26 de septiembre de 2011

El Faro de Scheveningen

Todo comenzó esa tarde en que Miranda descubrió aquel hermoso paisaje… Era una tarde fría, de clima agradable, y algo refrigerante en que a la cima de un árbol, ella, observó… Allí estaba el bellísimo pueblo costero de Scheveningen, con sus vientos frescos y de penetrante olor a pescado… El faro rojo que conducía su camino recto hacia la playa, la miraba como una incógnita sin resolver…

Y aquel mismo día en que habría logrado su descubrimiento; en la noche, decidió subir la cima. Con sigiloso aliento, trepó una a una las escalas de hierro, mientras las puntitas de sus pies buscaban curiosas el eterno final de la entrañable torre. La llegada a la meta, era un premio que cobraría con su astucia, su magnánima inteligencia, picardía y agilidad propia de una mujer como Miranda… Astucia que había ganado, cuando se le ocurrió escudriñar los misterios de aquel lugar…

Una vez allí, en la cumbre, comenzó a observar la ciudad, en su barullo, calma y regocijo. Las ventanitas apagadas, y la quietud del mar le abrazaban con deslumbrante confianza… Podría ser la espectadora, la supervisora del destino de los menos pensados; de aquellos que continuaban sus vidas como si no tuvieran más que el ojo del Señor celestial, Él y solo Él, quien patrullaba sosegado la vida de los más mortales…

Pero en aquella noche habría una ventanita, en la distancia, con la luz encendida... El pequeño reflejo de luz tenue, dejaba entrever la figura de una mujer delgada y de corta edad que bailaba en su cuarto con tan solo una fina y delicada prenda de encajes rosas…¿Qué hará danzando de esa forma? –Se preguntaba Miranda–, pues hasta aquel instante habría perdido la simple curiosidad de saciar sus ojos con el solo imaginario de las escenas que se desarrollaban a su alrededor. De esta forma, a la noche siguiente, asistió decidida a su encuentro con la usurpación de las miradas que se escapan a los ojos de la tierra, pero no a la visión de águila de un faro en el puerto.

Y así prosiguió cada noche, equipándose entre sombras y herramientas, unas veces binóculos y otras un telescopio, para captar con precisión los movimientos de la ingenua muchacha. Unos días, los de luna llena, observaba como la chiquilla se acicalaba y dibujaba con pintalabios rosa su boca, mientras esparcía aceite fino en su delicada piel… Otras, simplemente examinaba por largas y extensas horas como devoraba todos y cada uno de los libros de Charles Dickens.

¿Qué leerá esta noche, por si acaso? La casa desolada, Un cuento de navidad, o tal vez La pequeña Dorrit? –Titubeaba Miranda–. Aquel día, no habría importado el libro que eligiera, pues se había quedado enclaustrada en su expresión vagabunda, esa que observaba y le llenaba de regocijo y placer. ¿En qué párrafo anduviera? ¿Acaso lee sobre una merecida muerte? Se preguntaba Miranda, mientras acechaba más y más sumida en su propia abstracción.

La figura desconsolada que se reflejaba en la muchacha se hacía indescriptiblemente angustiosa, estrepitosamente más lúgubre, inexplicablemente sombría, fúnebre y devastadora… Pero Miranda se había quedado atrapada en la mirada, y la petrificación de sus emociones habría trazado lado a lado su corazón como si una flecha unida por un lazo la llevara hasta los confines de la desconocida.

Tal vez sería su ambición por extraer sus emociones y tal vez desmenuzar uno a uno sus pensamientos, pues se había convertido en esclava de la observación, de la perversidad de su mirada no descubierta, de vigilar mientras la castigaba, por no ser ella quien no la perdía de vista, sino encarcelarse a hurgar como delincuente, vagabunda de las emociones ajenas, de la intimidad de otra, intimidad que habría perdido en el momento en que se dio cuenta que era ella misma a quien observaba, pues el fantasma de su propio cuerpo había ido a buscarla en aquel faro desolado y triste donde solo habitan las almas pusilánimes, aquellas almas que solo pertenecían al baúl de los muertos…

jueves, 22 de septiembre de 2011

Los Besos Soñados

Una pizca de cosquillas, -pensó Kalabria-… Miró al cielo y se saboreó, recordó el dulce gustillo de la fresa y la vainilla, esa que siempre comía cuando era niña... Pero aquel día era de fiesta, ya escuchaba el retumbar de los tambores, y el fino sonido de las trompetas. Se acercaba la celebración de mitos y leyendas que recorría la Playa con multitud de los observadores…

Los padres que cargaban a los niños en su sus hombros para que vieran mejor, los ancianos en las esquinas tomando un poco de café… y qué decir de las madres que caminaban orgullosas con sus barrigas abultadas a la espera de una nueva vida… Así era Downtown, lleno de magia y fantasía, pues cualquier cosa podría ocurrir en un abrir y cerrar de ojos…

Pronto, pasaban las caravanas cubiertas de colores y escarchas, el Mohan asustaba a los más chicos, y la Madremonte encantaba y horrorizaba con su mirada apocalíptica… Kalabria se desnucaba por seguir el sonido de las comparsas, y alcanzar los mitos que se esfumaban al son de las canciones… quería inmortalizar aquel momento, revivirlo una y otra vez, y danzar y bailar con las maracas y las liras, tal vez las guitarras acústicas, o un acordeón burletero, de esos que le recordaban la sabana del viejo continente.

Los sonidos se conjugaban armoniosamente, y de repente, Kalabria que había perseguido con maromas y esfuerzos casi sobrehumanos, empujando, sudando y a veces pisando los talones del de la fila delantera, se encontró en el cruce que lindaba con la Oriental…

Pronto, Ella… se vio abocada en un cúmulo de personas, y en el medio, se ahogaba, apretada, acorralada…! Kalabria forcejeó por salir de semejante encrucijada, y retornar pronto a la respiración normal del ambiente, correr o comer un copo de nieve tal vez… Pero se había quedado atascada allí, entre la muchedumbre, entre el gentío, donde el hacino del calor y la falta de viento sacude las esquinas de la montaña.

De un momento a otro, estalló una luz resplandeciente del cielo, tan blanca como la nieve, tan suave como el algodón, tan dulce como la miel, tan tersa como la seda, tan tranquila como el mar… Se encendió con todo furor con tal resplandor y prisa, su luz cegaba y aturdía… Se iluminaban las nubes, el mismo sol, el calor desaparecía con la frescura traslúcida de su candor…

Pronto, a su alrededor las parejas se abrazan, y en un tierno gesto de locura y desenfreno, los de un lado y simultáneamente los del otro, se acariciaban dulcemente hasta acercar sus labios y emprender el más maravilloso encuentro de labios y sabrosos besos de la planicie.

Kalabria, asombrada de semejante espectáculo, quedó enceguecida a medida que el cielo resplandecía con más fuerza, y la blancura del espacio desvanecía el ruido y la bulla de la ciudad, que se apagaban como si se alejase desde el cielo, flotando y volando, llegando al éxtasis del beso esperado…

Aquella noche, ella, Kalabria despertó en los brazos de su amado, y devolvió así ese beso, su primer beso, que la enamoró aquella tarde, entre mitos y leyendas, fantasías y ensueños…